Diarios de las Estrellas

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Terroristas con sangre fria

No es fácil matar. No, no me refiero al procedimiento, que dada nuestra fragilidad como seres vivos es casi trivial. Quiero decir que España, por ejemplo, tiene una tasa de asesinatos anual de 1 por 100.000 habitantes. Es decir, un año cualquiera sólo 400 personas mueren a manos de otras. Puede parecer mucho, pero pensad en cuánta gente se pelea, odia a alguien, es fanática... De esas decenas de miles de asesinos potenciales, muy pocos dan el paso y matan.

Muchos de ellos matan por impulso, en un momento de enajenación, sin planificar el crimen. Otros son delincuentes, normalmente traficantes de droga, que están acostumbrados a despreciar la vida humana y para los cuales un asesinato es parte de su modo de ganarse la vida. Pero decidir fríamente que vas a cometer un crimen, planificar todos los detalles y llegar a ejecutarlo es algo muy raro. Incluso entre los batasunos son excepción los etarras: de entre las decenas de miles de convencidos, ETA apenas ha sido capaz de reclutar unos cientos, y eso en sus mejores tiempos.

Por tanto, cuando alguien ha sido capaz de cometer una atrocidad como el 11-M ¿podemos analizar su conducta como la de cualquier otra persona? ¿o haber cometido el crimen implica un comportamiento tan retorcido que cualquier cosa anormal que haga puede ser creíble?

El ser humano es peculiar en cuanto que animal social por la extrema complejidad de las relaciones que se producen entre los individuos de un grupo. De hecho, hay paleoantropólogos como Arsuaga que creen que esta mayor complejidad fue lo que nos proporcionó ventaja sobre otros humanos como los neandertales. Pero vivir en sociedades complejas impone condicionantes tales como los tabús o las costumbres.

Todos los seres humanos tienen prohibiciones que no se pueden saltar sin sufrimiento interior. Hay algunas prácticamente universales, como la repugnancia ante los excrementos o el incesto, y otras son muy particulares, como las referentes a la mala suerte. Y todos tenemos costumbres, actos aprendidos que facilitan nuestro desenvolvimiento en un mundo complejo al evitarnos tomar decisiones a cada momento y de las cuales muchas veces no somos conscientes.

Uno puede ser un asesino feroz, pero eso no le libra de condicionantes en su comportamiento. Los asesinos siguen teniendo instinto de conservación, buscan satisfacer sus necesidades biológicas y procuran cumplir con las exigencias de su cultura y mantener sus costumbres.

Dicho esto, veamos cómo han actuado los acusados del 11-M antes, durante y después de los atentados, y tal vez podamos extraer alguna conclusión interesante.

Antes del 11M

Jamal Ahmidan, el principal ejecutor de la masacre, es un tipo curioso. Al parecer se convirtió al islam radical tras una estancia en la cárcel, después de la cual vino a España. ¿Y qué hizo en España?

Casarse con una española que lleva pantalones, se pinta, fuma y hace una vida equiparable a la de cualquier otra mujer de nuestra sociedad. No contento con ello se dedica al tráfico de droga y celebra el día del padre con la familia, a pesar de ser una fiesta puramente cristiana. Alguien pensará que era un gran actor, y que estaba camuflando su radicalismo. Pero lo curioso es que no hay un caso igual entre los jihadistas "durmientes" que han sido identificados. Todos viven como buenos musulmanes, y si están casados es con mujeres sumisas.

Y es que, igual que a un español le repugna comer insectos que para otras culturas son deliciosos, para un islamista radical es una humillación que su mujer no se comporte con "decencia". Uno no elige un disfraz que le degrade cada minuto del día, durante años.

En cuanto a sus compañeros, salvo contadas excepciones, su actividad jihadista se limitaba hasta el 11-M a conocer a alguien que estaba fichado por radical. No cabe duda de que conocer y tratar con islamistas radicales puede ser un indicio, pero esa vara de medir me hubiera convertido a mí en etarra, por conocer y tratar a miembros de Jarrai. Los inmigrantes, de cualquier origen, se apoyan en redes que comparten un mismo lugar de procedencia, y que les proporcionan información, ayuda y soporte en un país extraño. Sólo con que el porcentaje de radicales sea de un 10% entre los musulmanes españoles, como sucede en otros países europeos, prácticamente todos los inmigrantes conocen y han tenido tratos con algún radical.

Como decíamos antes, estos radicales fanáticos, dispuestos a matar infieles, deben sentarse a planificar y preparar un atentado. De la charla incendiaria a la salida de la mezquita a la preparación de un crimen hay una enorme distancia, pero supongamos que los acusados la cruzaron.

Sabemos que alguno de ellos conocía a unos asturianos que podían proporcionar explosivos, pero ninguno era experto en montar bombas. ¿Qué hacen los jihadistas en todo el mundo? preparan un paquete con explosivos y detonadores, se lo ponen alrededor de la cintura, se dirigen a su objetivo y lo hacen estallar cuando están seguros de que van a causar el mayor daño posible. No es muy sofisticado, pero funciona y te garantiza 72 vírgenes en el paraíso como premio por morir luchando por Alá.

Nuestros terroristas fueron más hábiles, y decidieron preparar un atentado sin riesgo para ellos. Eso suponía hacer estallar las bombas a distancia, de modo que tenían que pensar en un mecanismo. Según el escrito de la fiscalía, aprendieron a hacer las bombas con móviles en Afganistán. Obviemos el hecho de que no se conoce que ninguno de los implicados, ni los vivos ni los muertos, haya viajado a Afganistán a recibir entrenamiento antes del atentado, cosa que sí hicieron los autores del atentado de Londres, por ejemplo.

Ciertamente, el uso de móviles como elemento de control (remoto o programado) de las bombas está creciendo rápidamente, como puede verse aquí. Pero en 2004 todavía era raro, y requería conocimientos específicos. Entre los terroristas de Bali había un ingeniero mecánico, y entre los etarras los hay especialistas en montar bombas. ¿Quién fue el experto que montó las bombas? No lo sabemos, ni sabemos cómo viajaron los conocimientos técnicos para hacerlo desde Bali, Afganistán o Arabia Saudí hasta Madrid.

Por otro lado, la práctica en Bali y Londres fue detonar las bombas con teléfonos móviles, pero asegurarse del éxito mediante el uso de suicidas. Curiosamente, en Madrid ningún jihadista creyó conveniente asegurar a la vez el éxito de la misión y su cuota de 72 vírgenes en el paraíso. Pero lo que es más curioso aún es que los islamistas hispanos, tan misteriosamente como recibieron el conocimiento, lo perdieron. En el atentado contra el AVE usaron, según la fiscal, la misma Goma-2 ECO que habían obtenido de los asturianos, pero esta vez no pretendieron detonarla con móviles, sino con una mecha como la que usaba el coyote de los dibujos animados contra el correcaminos. Parece tan coherente como las teorías de von Daniken sobre antiguas civilizaciones con tecnologías recibidas de extraterrestres.

Y es que, puestos a perder, los islamistas perdieron hasta el soldador y el estaño con el que fabricaron las bombas. Cuando se detiene a un comando logístico de ETA, siempre aparece el "taller", con herramientas, materiales y bombas a medio montar. ¿Solo pensaba actuar el 11-M y por eso se deshicieron del material? ¿La idea del AVE vino después y por eso no tenían material sofisticado? Pero, entonces, ¿por qué no volvieron a conseguirlo en lugar de intentar una chapuza? ¿ya no tenían entre ellos al "manitas"? ¿quién era ese manitas, que la investigación judicial no ha identificado?


El atentado

También es rara su actividad el día del atentado. Obviemos el dato de los dos vehículos en los que no caben doce personas y supongamos que hubo un tercero, que la policía no ha encontrado. Según el relato, cogen cada uno una mochila, se dirigen a la estación y cada uno se sube a un vagón. Allí dejan la mochila, se bajan en una de las estaciones siguientes y se van, sin peligro, a su casa.

No aparece ADN ni huellas en ninguno de los coches. Ni en el volante, ni en las puertas, ni en los asientos. No se les cayó ni un cabello. Supongamos que llevaban guantes y gorros, también durante el viaje, porque tenían previsto abandonar los vehículos y no querían dejar huellas. Pero entonces ¿por qué dejan tantos objetos personales?

Póngase el lector en el papel de un terrorista que va a cometer una masacre. Son las seis de la madrugada, y llega al punto en el que le tiene que recoger el coche que le llevará junto a sus compañeros. Lleva el gorro y los guantes, como le han dicho... pero lleva también una mantita por si hace mucho frío. Resulta que no es así, y a mitad de camino tiene calor, y se quita *otros* guantes. O tal vez se quita los guantes que llevaba y a partir de ahí mantiene una pose de cirujano, con las manos levantadas y sin tocar nada. Otro de sus compañeros se quita una bufanda, y un tercero un jersey. En todas esas operaciones no se les cae ni un cabello en el vehículo, pero sí quedan rastros de ADN en la ropa. Lo mismo hacen sus compañeros en el otro vehículo (serán costumbres de los islamistas). Cuando salen de los vehículos, cogen las trece mochilas y dejan allí guantes, mantas, bufandas y demás.

Sí, he dicho cogen las trece mochilas, aunque ustedes son doce. Seguramente hay uno que es más fanático que los demás y quiere matar más, o tal vez alguien se ha rajado a última hora pero no quieren desperdiciar la bomba ya preparada. El caso es que se dirigen a los trenes, tal como está previsto. Los cuatro primeros terroristas se suben al primer tren, como estaba previsto. Pero hacen algo curioso: tres se suben en los vagones traseros, y uno en el primero. ¿Por qué uno de los terroristas esperaba lejos del resto? Posiblemente fuera el azar... pero no, porque el patrón se repite en el segundo tren: otros tres terroristas en los tres vagones traseros, y uno en el primero.

El tren del pozo es diferente. En principio, hay cuatro mochilas, contando la bolsa que fue detectada en Vallecas. Eso cuadraría con los trenes anteriores: cuatro terroristas, cuatro mochilas, y la de Vallecas es la que iría en el vagón 6 (en el que no explotó ninguna bomba). Pero... tenemos trece mochilas, y es que otra bomba explotó en el vagón 4 del tren siguiente (el de Santa Eugenia). Si los terroristas subían al tren con sus mochilas, y se bajaban en otras estaciones ¿quién colocó la última?

Tal vez en alguno de los trenes anteriores un terrorista subió con dos mochilas. Pero es raro: si usted tiene previsto actuar en grupo, y le sobra una mochila, no deja a un compañero para que se suba más tarde. Sube al tren con sus tres compañeros, y simplemente colocan cinco mochilas en su tren en lugar de cuatro.


Después del atentado

Cuando los terroristas acabaron de cometer los atentados, lo que hicieron fue irse a su casa tranquilamente. Al fin y al cabo, se habían preocupado de no dejar huellas en los coches, y ni siquiera dejaron huellas en las mochilas, por si acaso. Así que siguieron tranquilos cuando se supo que se había encontrado la furgoneta. Ya saben, era una forma de reivindicar el atentado: "detonadores+cinta coránica = atentado islamista".

Lo de la bolsa de Vallecas era diferente: Jamal Zougham, el de la tienda de móviles, tenía que saber que las tarjetas de los móviles podían conducir hasta él. Pero, sabiendo desde la tarde anterior que la policía tenía una bolsa-bomba sin explotar, ¿qué hace Zougham? Acostarse tranquilamente y dormir a pierna suelta hasta que al día siguiente le saca la policía de la cama.

A partir de ese momento ya está claro que la policía les sigue los pasos, y que Zougham puede "cantar" y delatarles. ¿Qué hace el comando jihadista? Pues preparar un atentado contra el AVE. No podían esperar a que las cosas se calmaran un poco, claro. Ir a Marruecos a ver a la familia, por ejemplo, y volver en unos meses. No. Ellos tenían que actuar de nuevo y lo antes posible. La Jihad lo exigía.

Pero los mismos expertos terroristas que fueron capaces de planificar y ejecutar con éxito un atentado coordinado con 13 bombas detonadas a distancia, cuando tienen que actuar de nuevo, se convierten en unos chapuzas. Como hemos dicho antes, olvidan la tecnología que les permitía activar bombas con móviles. Ahora necesitan un cable de 136 metros, como el coyote de la Warner, pero además se les olvida poner un iniciador. Y colocan la bomba a pleno día, cuando es más fácil que sean descubiertos, y no amparados en la noche.

Cuando se descubre la bomba del AVE, ellos siguen en sus domicilios habituales. Ni siquiera entonces piensan en desaparecer una temporada. Es más, por no pensar, ni siquiera piensan en la supervivencia del grupo, y se reúnen ocho de ellos en el mismo piso de Leganés. Curioso, porque no hay documentadas reuniones tan numerosas anteriores a los atentados. Pero se ve que el matar une, porque hasta Jamal Ahmidan, que tenía en su casa a su mujer y a su hijo, decide pasar la tarde con el resto de compañeros en Leganés. Tal vez tenían que decidir qué hacían con el explosivo sobrante. ¿Otro atentado en el AVE?

Lo que tampoco sabemos, por cierto, es a quién de ellos se le ocurrió llevar el explosivo a Leganés. Habíamos quedado en que las bombas las montaron en Morata. Allí prepararon las que podían llevar el 11-M, pero quedaban más explosivos. Ellos ya se habían desecho de soldadores, estaño y todas las herramientas que utilizaron para montar las bombas, pero el problema que tenían era ¿dónde tirar los explosivos? Eran hombres ahorrativos, y decidieron que lo mejor era darles uso en otro atentado. O en dos atentados, porque no utilizaron todo para el AVE.

Habían utilizado una casa en una finca apartada para almacenar el explosivo y montar las bombas, pero unos días después del atentado a uno de ellos se le ocurrió llevar la Goma-2 al piso de Leganés que acababan de alquilar. ¿Por qué? No lo sabemos. En Leganés no había herramientas para fabricar bombas, así que allí se limitaron a almacenarlo. Pero si ya estaba a buen recaudo en Morata, ¿por qué se arriesgaron a trasladarlo a Leganés?

También es desconcertante su actitud cuando se ven sorprendidos. A primera vista, parece que hicieron lo que hacen los radicales islámicos: suicidarse. Por lo que sabemos, después de disparar un rato y de esperar a que se desalojara el edificio, llamaron a sus familias para despedirse, se colocaron unos cinturones con explosivos y esperaron a que entraran los GEOs para matarse llevándose de paso a uno de los policías. Una inmolación en la que matan gente: típico de los islamistas.

Pues no. El suicidio está tan prohibido para los musulmanes como para los católicos. Los radicales que se suicidan sólo lo hacen porque mueren cumpliendo con su obligación de Jihad, de guerra santa. Para ellos, las cosas están claras: si te pones un cinturón y revientas en un autobús lleno de judíos, tienes de premio 72 vírgenes en el paraíso; si estás deprimido y te pegas un tiro, no has tenido confianza en Alá y te quedas sin vírgenes y sin paraíso.

Ahora, imaginad la situación: estáis con seis compañeros islamistas en el piso de Leganés y de repente el colega que bajó a tirar la basura os avisa de que está la policía rodeando el edificio y que él se va a seguir con la Jihad a Afganistán o Irak, lo que pille más lejos. Por supuesto, no se os ocurre entregaros como Zougham. Y no será porque a alguien que ha pasado por una cárcel marroquí puedan asustarle las españolas.

El caso es que decidís que, ya que os han pillado, vais a luchar. Así que disparáis un rato por la ventana, sin dar a nadie. Al cabo de un rato, alguien propone: "oye, ya que tenemos por aquí estos explosivos que nos trajimos de Morata, ¿por qué no nos los ponemos de cinturón y los explotamos?".

¿Ninguno de los seis pensó en recordar el versículo 29 de la sura 4 del Corán? Sí, ese que dice "no os matéis a vosotros mismos". Y el siguiente, ese de "al que cometa estas transgresiones, le condenaremos al infierno". ¿Nadie ni siquiera planteó que, aunque los otros se iban a matar, él prefería salir del piso, entregarse y pasar una temporadita en prisión? ¿Todos tomaron la decisión y la ejecutaron al vuelo, sin pensar nada más?

Si realmente hicieron eso porque creían que su muerte era un martirio y no un suicidio, debían haber buscado el máximo de víctimas infieles. Ya sabemos que habían perdido sus poderes de superterroristas, pero la chapuza de inmolación supera a la del AVE: siete islamistas muertos para conseguir una sola víctima infiel debe ser el peor resultado de la historia del terrorismo islámico.

Claro que para la causa islamista, dado el declive que mostraba el grupo, casi fue mejor. Comenzaron siendo capaces de planificar y ejecutar un atentado casi perfecto, con tecnología que a un grupo con experiencia como ETA le costó años dominar, en el que había que coordinar a doce personas, con un extraordinaria precisión en el manejo del tiempo y contra objetivos móviles, y lo hicieron sin una sola baja. Después pasaron a la chapuza del AVE, donde casi les pillan poniendo una bomba ridícula que no podía explotar. Por último deciden morir matando y sólo consiguen matar a un infiel entre todos. Lo siguiente, sólo lo hubiera podido imaginar Gila.


Conclusiones

Son curiosos estos terroristas. Organizaron el mayor atentado de la historia de España, uno de los mayores de Europa, y todo lo hicieron manteniendo su vida normal, sin que nadie de su entorno sospechara nada raro. Por no sospechar, ni siquiera sus numerosos controladores de la Policía y la Guardia Civil fueron capaces de imaginar lo que estaban planeando. Grandes actores, sin duda. Y, para ser aficionados que cometían su primer atentado, demostraron mucha más sangre fría que la mayoría de los etarras.

¿Quiere esto decir que los acusados no son los autores del atentado? ¿Que ha sido ETA, o los servicios secretos franceses, o los marroquíes, o es un complot de la CIA encargado por Bush para justificar la guerra de Irak, o es una maniobra del club Bilderberg?

Pues me temo que no puedo decir nada de esto con la información que tenemos. Sólo que, al menos, me gustaría que alguien explicara todas las excentricidades en el comportamiento de estos terroristas tan peculiares. Porque, uno a uno, seguro que todos los comportamientos extraños tienen explicación, pero todos juntos conforman una narración de los hechos cuando menos pintoresca. No es imposible que las cosas sucedieran como nos han contado, pero a mí, al menos, me falta mucha información para aceptarla como verosímil.

Comentarios


Inquietante. Asi contado suena realmente raro.


Genial el artículo.

Todo lo que se cuenta son datos conocidos.

Pero, efectivamente, leídos uno detrás de otro queda una versión de los hechos como mínimo pintoresca.

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