Diarios de las Estrellas

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Regocijaos

Otro dictador ha muerto. Esta vez, para nuestra alegría y sobre todo para la de sus súbditos, fue derrocado y no murió en la cama. Sin duda, mucho más injusto que la pena de muerte para un genocida es que pueda apurar la copa de la tiranía hasta las heces.

Pero coincido con algún coblogger redlibealino y con los tertulianos de ayer noche en la COPE: la pena de muerte para Saddam es injusta. Y no lo digo porque esté en contra de la pena de muerte en este caso. Es porque la pena de muerte no es un castigo suficiente para un canalla como Saddam Hussein.

En "El sueño de Newton" Gregory Benford escribe sobre un infierno en el que los condenados mueren violentamente una y otra vez, sintiendo cada vez todo el tormento de la muerte.

El castigo justo sería gasearle con sarin, y después resucitarle para volverle a gasear. Así una y otra vez, hasta las decenas de miles de veces que él lo mandó hacer sobre los irakíes. Y después torturale miles de veces hasta la muerte, como él hizo. Y después torturar y fusilar a sus hijos delante de él, y delante de él violar y torturar a su mujer. Y fusilarle otras miles de veces. Y enterrarle vivo para que vuelva a morir horriblemente una y otra vez.

Desgraciadamente, no tenemos tecnología que nos permita resucitar a un condenado a muerte para volverle a ejecutar, así que debemos conformarnos con el castigo injusto de matarle una sola vez, y confiar en que el infierno exista, que se parezca al infierno de Benford, y que Saddam experimente allí todo el sufrimiento que él hizo padecer a otros.


Descansen en paz los cientos de miles de inocentes que Saddam hizo matar.

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