Diarios de las Estrellas

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Critica de Libros Futuros 1

Historia de España en el Siglo XXI. Adán Gutiérrez. Madrid, 2057.

A pesar de las pretensiones del autor, difícilmente podemos considerar este libro como un tratado de historia. El deslizamiento de Gutiérrez hacia la condescendencia con unos lectores ávidos de sensaciones fuertes y lecturas ligeras alcanza su culmen con este volumen, que debería clasificarse como género de ficción.

¿Qué otra cosa sino ficción es defender que la muerte en accidente de motocicleta de Alberto Ruiz Gallardón fue en realidad un asesinato organizado por el otro fundador del Partido de Centro Democrático, José Bono? Gutiérrez sólo cuenta para defender esta tesis con unos rumores que se difundieron por Internet en los primeros meses de 2017, poco antes de que Bono aceptara el cargo de Presidente Vitalicio a propuesta del Parlamento Nacional. Mientras no sea capaz de aportar evidencias contrastables, Gutiérrez debería poner freno a su querencia a las conspiraciones.

Otro aspecto en el que se muestra la falta de rigor del autor es en el desigual tratamiento de los acontecimientos que dieron lugar al establecimiento de la República Democrática Unitaria. Adán Gutiérrez dedica tres capítulos al nacimiento del Ejército Nacional y a su primera acción, el asesinato simultáneo de diez líderes independentistas y de izquierdas. Sin embargo, apenas se detiene a analizar el Bienio Disgregador, a pesar de que el consenso entre los historiadores es que entre 2006 y 2007 está el germen del terrorismo unitarista.

De igual modo, cegado sin duda por su simpatía hacia la figura de Ruiz Gallardón, se extiende en páginas interminables sobre las medidas reformistas que el PCD fue introduciendo desde su inesperada victoria electoral de 2010 hasta la proclamación de la Tercera República en 2014: la suspensión de autonomías, la Ley de Convivencia Pacífica que permitía a la policía detener preventivamente a los sospechosos de actividades políticas desleales, la Ley de Promoción Lingüística que imponía el español como única lengua del Estado, la Ley de Libertad de Medios Audiovisuales por la cual se creaba el Comité de Garantias de Información Veraz, y tantas otras medidas que según Gutiérrez consiguieron restablecer la paz y el orden.

Nadie niega que estas medidas consiguieron imponer un clima de unidad, y tal vez contribuyeron a que el número de asesinatos por causas políticas descendiera a menos de 10 por semana, cuando en los peores meses de 2009 los muertos se contaban por millares. Pero, sospechosamente, Gutiérrez soslaya el papel de las Juventudes Democráticas en el asalto a las sedes del PSOE y el PP y en el linchamiento de decenas de militantes de los partidos tradicionales. Es más, sus posiciones ideológicas le llevan incluso a justificar la Semana del Terror, minimizando el número de inmigrantes muertos hasta la ridícula cifra de 6.500. A estas alturas, ¿puede alguien creer que si hubieran sido asesinados menos de 50.000 inmigrantes (que es la cifra más comúnmente aceptada, hay quien afirma que fueron más de 100.000) se hubiera producido un éxodo de tales dimensiones en sólo dos meses?

Tal vez lo único interesante del libro es su aportación acerca del papel decisivo que jugó José Piqué en la restauración monárquica. El que fue conocido como Ministro Guadiana por su presencia intermitente en los distintos gobiernos de Bono, consiguió mantener relaciones con los partidos en el exilio sin que el Presidente sospechara de ello. Gutiérrez demuestra mediante el análisis de los correos electrónicos que cruzó con Moragas y Sevilla que fue Piqué quien promovió la abdicación de Felipe de Borbón en favor de su sobrino Froilán. Aún más inquietante es la idea de que Piqué supo de la Conjura de los Capitanes y que, lejos de desbaratarla, evitó que fuera detectada por la Guardia Presidencial de Bono.

Lamentablemente, un capítulo no puede salvar el libro. Y el resto del libro abunda en tesis fantásticas y afirmaciones que sólo se apoyan en la imaginación del autor, cuando no en su militancia ideológica.

Gutiérrez debería tal vez reorientar su carrera hacia la novela y hasta podría alcanzar el éxito como escritor de fantasías. Porque nadie con un mínimo de rigor intelectual puede considerarle historiador, y menos tras haber perpetrado este despropósito con forma de libro.

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